FERRERO, RAÚL
Hubo un tiempo en el que una enfermedad sin explicación, un amor no correspondido, una cosecha perdida o la muerte repentina de un niño podían atribuirse a la acción de una bruja. En toda Europa, miles de mujeres fueron señaladas, juzgadas y condenadas por practicar artes prohibidas, mientras el miedo, la superstición y la religión se entrelazaban hasta hacer casi imposible distinguir la realidad de la leyenda. España no permaneció al margen de ese mundo. Sin embargo, la historia fue aquí más compleja de lo que suele imaginarse. Lejos de la imagen de hogueras incesantes difundida durante siglos, muchos tribunales inquisitoriales se mostraron más escépticos de lo que la tradición popular ha querido recordar y examinaron con cautela numerosas acusaciones de brujería y hechicería. En el antiguo Reino de Valencia, decenas de mujeres desfilaron ante el Santo Oficio acusadas de lanzar maleficios, preparar filtros amorosos, invocar demonios, curar enfermedades, adivinar el futuro o alterar la voluntad de quienes acudían a ellas. Algunas eran curanderas; otras, simples vecinas atrapadas por los rumores; unas pocas